jueves, 13 de diciembre de 2012

Silencios...


El silencio tiene la virtud de la muerte. Todos primero no existimos, luego existimos dejando de existir un poco a cada instante hasta que finalmente nos lleva la muerte. La vida transcurre encaramada sobre los hombros de la muerte, que no es su enemiga sino su fundamento. Nada más lejano que pensar la muerte como un opuesto a la vida. El silencio, como la muerte, es el almacigo de todo discurso, de todo sonido. De pronto, la quietud se ve conmovida por una vibración, cese del silencio, inicio del discurso. El silencio también es el punto, el fin del enunciado, la invitación a que el otro responda, comente. La pregunta termina en un silencio. Los enamorados entienden del silencio y más que los expertos en dar discursos, esos a los que les cuesta ver que el silencio es la hoja en blanco que sustenta al texto, que lo permite, que lo incita a desarrollarse. Hacer silencio, invitar a un otro a hablar, a ser escuchado, contenido. Silencio que convida al diálogo, a comprendernos, a sentirnos. El silencio tiene mala fama hoy, cuesta encontrarlo, escucharlo. Pero el silencio compromete más que la palabra porque ni siquiera el viento puede llevárselo, el silencio es la presencia tenaz de la ausencia, no es ausencia pura, es la ausencia que se hace presente, que suena sordamente. La música se hace con silencios y con silencios de página en blanco se inician las historias. El silencio no es solo ausencia sino pausa, la voluntad de decir algo, una marca certera en la partitura, el recipiente que contiene al líquido. El discurso está sostenido por redes de silencios. El significado se logra a partir de los silencios. El tejido o la red se tejen haciendo espacios blancos. 
Hay fenómenos ante los que la única actitud posible es verlos ser, sonar, soñar desde nuestro silencio, silencio de falta de teoría, silencio de ausencia de explicación, silencio, solo silencio.





El silencio es productor de mundos, espacio a llenar, el lienzo blanco de silencio que invita a ser invadido por los colores de la paleta, la hoja también blanca, el pentagrama, el mármol sin labrar. Pero si hasta el amor es de silencios, de miradas sostenidas, de abrazos interminables, de jadeos entrecortados que hacen eco por la noche dejando fragmentos de silencio columpiándose entre sábanas.



                                                                       Dario Esposito                                 

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